Roger Waters, el gran bufón

Tengo un amigo al cual hace más años que no veo. Como treinta y pico. Por esas cosas que tiene la vida, que tiene una cantidad, volvimos a encontrarnos a raíz de The Sótano. Bastante tiempo atrás me escribió porque discrepaba con algo que yo había escrito, no recuerdo bien qué, y desde entonces hemos reestablecido contacto, no de manera regular, sino esporádica; cuando las circunstancias para estar en desacuerdo lo auspician. El otro día me escribió preguntándome por qué en la columna diaria no había escrito nada sobre la visita de Roger Waters. La pregunta estaba relacionada con la historia de un álbum doble, el cual en una época fue para ambos motivo de muy buenas conversaciones alrededor de un tocadiscos.

Resulta que en 1980 le presté The Wall, de Pink Floyd, disco que había comprado en mi primer viaje a Estados Unidos. Eran tiempos en que cualquier cosa, cualquiera, que dijera Made in USA era considerada mejor, así fuera un vaquero Levi’s, un par de championes, una camiseta de algodón o un disco de vinilo. Según él, el disco importado sonaba mejor, como si los surcos en la pasta negra fueran más profundos. Tal cual el referente temporal lo destaca, aquellos eran los días en que todavía existía Pink Floyd y uno, cuando el entusiasmo lo visitaba, llegaba a creer que ningún otro grupo podía sonar mejor, aunque The Who, Led Zeppelin y Deep Purple, al máximo volumen, pudieran pasarle por encima. El alma, más que la mente, lo decía.

Así pues, el amigo al cual nunca veo me preguntó por qué no había escrito sobre Roger Waters, y la respuesta fue fácil: porque no fui al recital en Montevideo, y porque Waters y Pink Floyd dejaron de interesarme. Considerando que Wish You Were Here es, después de Who’s Next, Physical Graffiti y Exile on Main St., el disco que más escuché en mi segunda juventud (ya perdí la cuenta en cuál voy), resulta extraño, incluso para mí, decir que hoy soy totalmente indiferente a ambas realidades: a Waters y a Pink Floyd. Dejaron de emocionarme, de generarme sentimientos. No me pasa lo mismo con The Who, Led Zeppelin y Deep Purple. En mi vida al menos, como esos recuerdos de hace mucho que de pronto dejaron de importar –porque la vida vive en puro presente–, Pink Floyd cumplió su ciclo. Por lo tanto, ante la pregunta, “cómo, ¿ya no te gusta?: La respuesta es: “no, ya no; hace tiempo que no encuentro nada ahí”.

A lo largo de los años he dilapidado sumas importantes en entradas a conciertos. Es dinero que debería haber gastado en cosas con mayor efecto duradero. Pocos produjeron recuerdos con cierta magnificencia (Santana, en 1984; Stevie Ray Vaughan, en 1985; The Cure, en 1990); y solo uno, uno solo únicamente, fue extraordinario, de los que dejan consecuencias anímicas para el resto de la vida. Fue el penúltimo concierto de la gira despedida –se despedía de la vida- de Leonard Cohen en 2012, y estuvo conformado por tres horas de poesía absoluta, de música para las esferas del alma. Es el único concierto que podría haber sido eterno, aunque lo fue: sagrado de principio a fin; sagrado incluso después del fin. Ojalá que con todos fuese así, más no sea para justificar el suculento gasto monetario en entradas. Pero también en este rubro la vida está hecha de excepciones. A la hora de elegir, los aciertos fueron menos que las decepciones.

No hace mucho gasté un dineral en la entrada a un concierto de Roger Waters, seguramente el mismo que dio en Montevideo, y puedo estar casi del todo de acuerdo con la frase final de la reseña escrita para este medio por Nicolás Tabárez: “Fue de otra galaxia”. La espectacularidad visual fue apabullante de principio a fin, adobada por la chanchita Francisca que es lanzada a los aires como en una época Rod Stewart lanzaba pelotas de fútbol, y por el corito de jóvenes, el cual es abominablemente postizo y hasta cursi, pero bueno, uno va a un concierto de rock con la intención de entretenerse, no a emitir juicios morales sobre la cuota o no de honestidad de la estética escenificada. Waters es un farsante mayor, un impostor con letras mayúsculas, por lo tanto, no hay que creer que sus mensajes sean los de la madre Teresa. Es un cazabobos de notable efectividad. En cada gira sale a pescar ilusos y vuelve con la red llena. Y con los bolsillos llenos de US Dollars, porque la moneda del capitalismo es la única en la cual confía.

Sin embargo, uno debe tener claro antes de emitir un juicio moralizador (este no lo es ni pretende serlo), que ética y estética nunca han sido compatibles a lo largo de la historia de la humanidad. Es más, si uno hace un recuento a ojo de buen cubero constatará que la mayoría de los grandes creadores, en la disciplina artística que sea, los originales en serio, no califican para ser modelo ni ejemplo de la condición humana. Rimbaud, el más grande de los poetas modernos, traficaba armas; Céline hubiera deseado ver a Europa bajo el yugo nazi; William Faulkner, posiblemente el narrador más copiado y más genial del siglo XX, detestaba a los negros y a los homosexuales; y Ezra Pound fue condenado a muerte por traición a la patria por su defensa del fascismo (poco tiempo antes de morir dijo que Mussolini y los ñoquis eran dos de las únicas cosas que habían justificado vivir). Gracias al arte, el ser humano puede hacer algo con su locura: consigue que el arte sea más importante que el paso del tiempo. Por lo tanto, y salvadas las grandes diferencias artísticas con los mencionados, Waters tiene todo el derecho de ejercer la demagogia en su palacio de cristal. El problema son los ingenuos que le creen y lo veneran.

A mediados de 1980, un músico de rock más sincero y menos farsante que Waters, Ozzy Osbourne, dijo en una radio que le gustaría ser considerado el gran clown de la historia del rock. Por su honestidad librada de cortapisas lo seguimos queriendo, y cada vez que su voz emerge del vinilo consigue emocionar con su delirio sin poses ni pretensiones de grandeza. Por eso nunca se convertirá en pieza de museo. Waters compite para lo mismo, porque, aunque bastante repetitivo (viene haciendo lo mismo desde hace ya demasiado), es un bufón extraordinario. Sin embargo, se cree un agitador ideológico con impacto empírico en la realidad. El año pasado, en entrevista con CNN en Estados Unidos, recomendó que aquellos que en un concierto prefieren el escapismo al comentario político, que vayan a ver “a Katy Perry”, no a él. Se olvida el ex Pink Floyd que vivimos en un mundo tan banal y superficial, que hasta los comentarios políticos, sobre todo aquellos tan al ras como los suyos, son escapismo. Y es precisamente cuando son de ese tipo, que la gente más los celebra y llena estadios para oírlos. En este aspecto, precisamente, es que radica el principal problema con el “combatiente” músico.

La engañosa envoltura de los comentarios políticos de Waters no atañe solo a la vida pública del músico. Se traslada asimismo al escenario. Es lo más grave. También ahí está ausente la trascendencia. El producto a la venta no tiene nada de sublime ni de profundo. Todo, empezando por las letras, queda a nivel de superficie. Waters es como un médico que desconoce las causas de la enfermedad,  y solo trata los síntomas. Al salir de sus conciertos uno puede sentir que ha visto y oído algo “de otra galaxia”, pero a medida que deja atrás los borbolles del estadio, y camina rumbo a un lugar menos ruidoso e iluminado, comienza a olvidarse demasiado pronto de la espasmódica y rimbombante experiencia audiovisual. Ha sido una experiencia hiperestésica, sí, pero carente de metafísica, de poesía honda y convulsiva. Ha sido una experiencia en la que ojos y oídos salieron triunfantes, no así el alma y el espíritu. Ellos, las dos majestades reales de nuestra vida, esperaban algo más que canciones carentes de lirismo profundo y auténtico (quien encuentre un verso memorable que lo informe), que coros muy bien ensayados, que parafernalia y pirotecnia de epidermis. Esperaban algo más que la nada muy bien ataviada, con un cerdito de adorno, y en dolby estéreo.