Ver a Venezuela sin caricaturas

No hay otro país en el mundo del cual se hable más en los medios de comunicación chilenos que Venezuela. No son las grandes potencias, ni las naciones con los cuales tenemos una mayor relación comercial, ni los países vecinos. No. Es Venezuela. Cierto sector de la comunidad internacional sostiene que esta atención exacerbada se debe a las infracciones del gobierno de Nicolas Maduro a la democracia y los derechos humanos pero, si así fuera y por ejemplo, Chile no firmaría declaraciones con Colombia, país donde han sido asesinados más de 30 dirigentes sociales durante los primeros meses del gobierno de Iván Duque. Ni tendría relaciones comerciales con China, país donde existe un sistema de partido único. Ninguna de estas dos situaciones ocurre en Venezuela.

Si las razones antes mencionadas no explican por qué este país es tan importante para la comunidad internacional, habría que buscarlas en su posesión de la reserva más grande de petróleo y la cuarta reserva más grande de oro del mundo. Mientras esos recursos fueron puestos por los gobiernos al servicio de las trasnacionales, nunca hubo problemas con Venezuela, pero ahora la orientación ha sido la de nacionalizar y poner las riquezas al servicio de las políticas sociales. Es lo que desvela a Estados Unidos y lo que le lleva no solo a una ofensiva sistemática que ya dura 20 años, sino a empujar por el apoyo de los que considera sus países aliados, como Chile. Porque los intentos de desestabilizar al gobierno no empezaron ahora, cuando se inicia lo que algunos medios y dirigentes han llamado “la dictadura de Maduro”, sino que datan del mismo momento en que Hugo Chávez llegó al gobierno por la vía democrática. No olvidemos el golpe de Estado de 2003, que fue lamentablemente reconocido por Chile, ni una infinidad de otras operaciones que han buscado poner fin al proceso chavista por la razón o la fuerza. Cuando esas acciones ocurrían el orden democrático no parecía relevante para quienes las impulsaban.

Venezuela vive hoy problemas serios e insoslayables. El desabastecimiento y la inflación son reales y explican la partida de miles de personas en busca de una mejor situación, lo que se ha traducido en una presencia mayor de venezolanos en países como Chile, con todo el dolor que implica partir de la tierra y de los seres queridos hacia lugares desconocidos. Existen, en todo caso, estudios serios para sostener que ambos fenómenos han sido inducidos desde el exterior. La inflación, ya que se trata de un país donde los precios están fuertemente determinados por el valor de la moneda con relación al sistema cambiario. Y el desabastecimiento, porque es una consecuencia directa del bloqueo decretado por Estados Unidos, ambas políticas que ya se implementaron con éxito en el Chile de la Unidad Popular.

Como consecuencia de estas situaciones, los sectores medios y altos han visto severamente deteriorado su estándar cotidiano en un país donde muchas veces se vivió en opulencia. Estos grupos, comprensiblemente, son enérgicos detractores de Nicolás Maduro y desearían un cambio político en el país. Pero ése es un sector legítimo de la sociedad venezolana. Existe otro, el de los sectores populares, que no son enfocados por las cámaras y que se han quedado en Venezuela, que apoya fervorosamente al Gobierno porque nunca hasta ahora sintieron que el Estado se preocupara por ellos, con políticas que han transformado profundamente su vida cotidiana. Ese grupo, que se puede encontrar en los suburbios y cerros de Caracas y en los sectores rurales, siente que éste es su gobierno y están dispuestos a defenderlo, como lo hicieron en las horas en que Chávez alcanzó a estar derrocado en 2003. El jueves pasado, el día de la toma de posesión de Nicolás Maduro, se manifestaron por cientos de miles en el país. Por lo tanto, para disponerse a entender mejor lo que ocurre en Venezuela, es necesario comprender que en el país se ha producido una división determinada por los intereses de clase, la cual ha sido exacerbada por la acción desestabilizadora de Estados Unidos.

Ya que todos los días vemos en la televisión y en los diarios que Nicolás Maduro está a punto de caer, deberíamos preguntarnos por qué no sucede. Esto propiciaría una vacuna intelectual contra el cuento de Pedrito y el Lobo para comprobar que aquello no va a ocurrir ahora ni en el mediano plazo.

En primer lugar, porque la oposición es ineficaz y está dividida: ni siquiera el presidente de la Asamblea Nacional y autodenominado presidente interino del país, Juan Guaidó, era un dirigente de primera línea hasta la semana pasada. Su rol actual es la expresión misma del vacío de liderazgo.

En segundo lugar, porque el apoyo al Gobierno existe y ha sido mayoritario en 23 de 25 elecciones, en ninguna de las cuales ha habido acusación de fraude. Porque, para precisar, la acusación de la Oposición respecto a los comicios de mayo pasado era en torno a la falta de garantías para participar, no respecto al resultado posterior. Este apoyo va acompañado de un gran nivel de concientización de los sectores populares, que entienden que sus padecimientos actuales no son responsabilidad del Gobierno y le han mantenido su apoyo.

En tercer lugar, porque Hugo Chávez comprendió que el gran impedimento en América Latina para la realización de políticas de transformación social ha sido la alianza entre los sectores oligárquicos y las Fuerzas Armadas. El Chavismo logró romperla y forjar un pacto inédito entre las instituciones uniformadas y los sectores populares, que en la actualidad se aprecia de gran solidez.

Como puede verse, la situación de Venezuela es compleja y no permite reducirla a eslóganes, simplificaciones y prejuicios. Ni a favor ni en contra. Las opiniones pueden ser legítimas y variadas, pero hemos podido comprobar in situ que la construcción mediática sobre la situación real del país es tan caricaturesca, que se puede llegar incluso a desconfiar de lo que están viendo los propios ojos.