JMW Turner, el pintor que conquistó Inglaterra


El 27 de marzo aterrizan en Chile las 84 acuarelas del artista que cautivó y desconcertó a sus contemporáneos con su manejo de la luz y la irreverencia de sus paisajes. Su biógrafa derriba el mito de su personalidad arisca y solitaria.

Antes incluso de una descripción sobre su pintura, las reseñas suelen consignar primero una advertencia sobre su personalidad: “Joseph Mallord William Turner, un hombre solitario y excéntrico”; “Una figura compleja y controvertida de su tiempo”. Mr Turner, la película biográfica de Mike Leigh de 2014, también aporta en ese retrato áspero de los últimos años del artista, donde el actor Timothy Spall lo interpretó brillantemente, pero haciendo énfasis en su carácter gruñón, que no dudaba en alejarse de su familia o amigos por ir al rescate de su obra o de una suculenta comisión.

Pero no siempre fue así. Mucho antes de que Turner prefiriera desaparecer y disfrutar del anónimato, hasta su muerte en 1851, viviendo bajo el seudónimo del Almirante Booth en Chelsea, el artista fue uno de los más inventivos y populares de su época. Esa faceta sobre todo es la que rescata la escritora británica Franny Moyle en su más reciente biografía, The Extraordinary Life and Momentous Times of J.M.W. Turner (2016).

“Lo que más me impresionó de su vida fue cómo en la misma medida en que Turner fue considerado solitario y difícil como un hombre mayor, fue también un brillante joven que logró fama y éxito temprano y hasta qué punto tantos artistas le admiraron en ese momento”, afirma la autora a La Tercera. “Turner es un artista totalmente único y el primero verdaderamente moderno del arte británico. Su imaginario del mundo natural definió nuestro paisaje hasta hoy. Miramos las puestas de sol y las llamamos puestas de sol de Turner. Vemos nieblas e inevitablemente hablamos sobre el tipo de nieblas que Turner evocó en su trabajo”, agrega.

Desde el próximo 27 de marzo, en el Centro Cultural La Moneda se exhibirán por primera vez 84 acuarelas del pintor británico, aplaudido por el manejo de la luz y por sus irreverentes paisajes abstractos. Varias de ellas están contenidas también en la monografía de Martina Padberg que la editorial Könemann editó en 2017 y que en Chile distribuye Contrapunto.

La muestra, que ya se exhibió en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires en 2018, pertenece a la colección de la Tate Gallery de Londres, institución que recibió como donación póstuma del artista 300 de sus óleos y más de 20 mil dibujos y acuarelas, la más amplia de los acervos públicos. Además, en 1984 la pinacoteca británica creó el Premio Turner para artistas menores de 50 años, que es uno de los más reputados y polémicos del Reino Unido, con Damien Hirst y Tracey Emin entre sus ganadores.

Nació en Londres en 1775. Mientras su madre, quien sufría de psicosis y depresión, pasó gran parte de su vida en un asilo mental, el padre de Turner, barbero y fabricante de pelucas en Covent Garden, fue quien siempre apoyó al hijo artista: en su tienda vendió sus primeros dibujos a los 12 años, por lo que supo de sde temprano cómo era ganarse el pan usando el talento propio. A los 14, ya era admitido en la Royal Academy.
Turner descubrió cómo ser un hombre de negocios, ganar comisiones de la aristocracia y de los nuevos ricos en la era industrial. “No se encerró en cualquier buhardilla para producir ‘arte noble’ invendible”, anotó John Ruskin, su primer biógrafo y principal defensor. Tampoco le hizo asco a ilustrar guías de viaje, almanaques o cualquier portada barata.

Lo cierto es que Turner perseguía el éxito. Es célebre su afición, durante los concursos de pintura, de trabajar en secreto e incluso de llegar a último minuto para agregar a las telas algún elemento decisivo que lo hiciera resaltar por sobre sus contendores. Eso le sucedió al pintor John Constable en 1832 en un certamen de la Royal Academy: colgó una tela (La apertura del puente Waterloo) que le tomó una década de trabajo, mientras que Turner mostraba un paisaje marino de los Helvoetsluys, rematada por una boya de color carmesí que apareció de un día para otro y que terminó eclipsando a la obra de su vecino.

Con el tiempo, el arte se democratizó, y según la biógrafa fue gracias a Turner que las acuarelas elevaron su reputación y lograron entrar a importantes colecciones. Además, resalta su espíritu aventurero que de joven lo habría hecho asumir arriesgados viajes en favor del arte. Conocida es la anécdota que se dejó amarrar al mástil de un barco durante una tormenta de nieve para poder apreciar de cerca la furia de la naturaleza. “Turner estaba fascinado con la ciencia y estaba dispuesto a incluir teorías científicas en su trabajo como también el progreso industrial”, dice Franny Moyle.

En su obra se distingue el interés por retratar hechos históricos, pero al final de sus días estaba entregado cada vez más a un trabajo personal. Desde acuarelas donde yuxtaponía paisajes distintos como especie de ensoñaciones -una ciudad industrial iluminada se juntaba de fondo con el recuerdo de un viejo castillo -, hasta obras bastante más abstractas, donde todo es luz y color. “Turner terminó arando su propio camino en la década de 1840, independientemente de su gusto y crítica, para entregar su propia visión. Esta fue su gran fortaleza y el aliento que hasta hoy ven en él otros artistas”, afirma Moyle.

En 2014, cuando la Tate Gallery hizo una de sus retrospectivas más importantes, el diario The Guardian se preguntaba en un artículo: “¿Es JMW Turner el mejor artista de Gran Bretaña?”. La respuesta fue rotunda. Más que John Constable y Lucien Freud, Turner ha dejado una marca indeleble en el arte: desde Mark Rothko hasta Olaffur Eliasson y James Turrell han reconocido su influencia. “Si el sol es Dios, como se supone que Turner dijo, este pintor incandescente fue el sumo sacerdote del sol y el arte está en deuda con él”, concluyó The Guardian.